sábado, 14 de mayo de 2011

¿Está mal "hecha" la Vida?

Todos queremos tener una larga vida. Incluso, asistí en los años noventa a la llamada "Ceremonia de la Eterna Juventud" en una comunidad parecida a las buddhistas en una finca perdida cerca del pueblo italiano de Arcidosso llamada "Merigar". La ceremonia duró todo el día, que es decir casi toda una vida, y yo no aguanté sentado tanto tiempo para alargar más algo que empieza ya a extenderse en buena medida en el tiempo, en mi tiempo. El tiempo es, precisamente, la clave. Curiosamente, cuando conseguimos tener la sensación de que la vida es larga, el cansancio o el tedio dominan nuestra vida. En cambio, tal vez para fastidiarnos, la vida se va (que es como decir "el tiempo", mira por dónde) en un periquete, y nos parece que no tendremos suficiente tiempo (que es como decir "vida", vaya por Dior, que sí existe) para seguir disfrutando. De modo que si disfrutamos a tope la vida se hace corta, y demasiado larga si sufrimos mientras vivimos. ¿Quién se equivoca? Debería dejar la respuesta para el bien pensante lector si de un koan zen se tratara. Pero, dado que quien esto escribe se siente inglés pero nación en esta pobre España, intentaré sugerir algo: nos equivocamos nosotros. Intentamos manipularlo todo, incluida la vida. Sólo queremos lo que nos satisface de ella, y nos repugnan los inconvenientes, los ratos malos. Eso sólo puede significar una cosa: No conocemos la Vida. Por tanto, pretender tener una larga yo no sé qué es absurdo, profundamente absurdo. Sin la serenidad ni la consciencia necesarias para otear el horizonte de la vida, improvisamos entre sollozos los torpes bostezos de nuestra existencia, que intentamos alargar por alargarla, sin saber para qué. Pero podemos averiguarlo. Tal vez pretendemos preservar nuestro Yo, vencer a la muerte. Decimos que queremos vivir mucho porque sabemos que no podemos vivir eternamente. Y aquí se esconde otro error: queremos hacer eterno lo efímero, y aún lo inexistente: nuestro propio Yo. Sin embargo, no hay dos personas en el mundo que sean capaces de explicar de la misma forma en qué consiste su Yo. Según Freud, el Yo es, ante todo, un Yo físico (sic). Eso significaría que el Yo sería nuestro cuerpo y todos sus derivados, incluido el pensamiento, la personalidad y demás. Y algo más: Queremos alargar al máximo la vida, la existencia de nuestro Yo. Pero, ¿para qué? No nos damos cuenta de que nuestra propia naturaleza nos pide, detrás de todos estos humanos errores de concepción, que volvamos los ojos hacia adentro y descubramos qué somos y qué no somos, para luego ser capaces de conocer la Vida y poder, por fin, abrazarla. Que es decir, aceptarla en toda su plenitud, sin importarnos si es bueno o malo, deseable o detestable. ¿O no era la Vida lo que amábamos?

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